La bahía que se forma cerca de La Pasarela, en el río Manso, es probablemente uno de los lugares más espectaculares para visitar cerca de Bariloche.
Lo particular de este río es que aparenta un curso de agua sosegado y gentil —sobre todo en ese tramo— que hace juego con su nombre. Pero en realidad es un curso de agua intenso, poderoso, cambiante. La revolución que está en curso es bastante parecida.
Pensemos un par de años atrás y en cómo cambió nuestra forma de comprar y transaccionar. Desde la propina a los mozos y cualquier compra a un vendedor ambulante hasta cosas que antes ni se nos ocurría hacer con QR u online. Y es solo el comienzo. El verano pasado fui a Brasil y no llevé efectivo de ningún tipo. Cero. Entre múltiples aplicaciones elegí una (Cocos) y en pocos clics tenía la cuenta abierta y empecé a operar. Pix, una maravilla. Tres años antes, eso no era posible.
De tablillas de arcilla a dinero digital
De tablillas de arcilla a dinero descentralizado y digital, el concepto de una abstracción que tiene un valor separado del objeto físico es similar. La escritura nació como una forma de formalizar la economía: escritura y dinero están íntimamente relacionados en historia y evolución. Incluso algunas fuentes argumentan que el sistema del dinero surgió como crédito y no como trueque, a diferencia de lo que sostenía Adam Smith. Es decir, la unidad de cuenta antecedió al objeto tangible. Hace miles de años, la gente ya medía sus obligaciones en unidades abstractas —cierto peso de plata o cierta cantidad de grano— registradas en tablillas, y los pagos podían diferirse en el tiempo.
En un rápido sprint temporal, es interesante contar cómo evolucionó, de forma colaborativa y con varias civilizaciones participando. Lidia (la actual Turquía), los griegos, los romanos y, en paralelo, China. Las monedas físicas como objeto portable de valor certificado. El papel moneda, la banca china, el Banco de Inglaterra en el 1700, el patrón oro, la globalización del dólar. En los años sesenta, Diners crea el dinero plástico (para salir a comer sin llevar efectivo), surgen Visa, Mastercard y otras, la explosión de las fintech, la retracción del efectivo, las billeteras digitales, Bitcoin y las cripto en general. Los consumidores de hoy tenemos un abanico de opciones, y es seguro que la tecnología va a seguir transformando nuestras sociedades.
Desde sus orígenes físicos hasta su forma actual, digital e intangible, el dinero ha sido una construcción social basada en confianza. Pero hoy esa confianza ya no se deposita solo en bancos o gobiernos, sino en plataformas, algoritmos y ecosistemas colaborativos. Modelos como los de Mercado Libre o PayPal redefinieron el rol del dinero en la vida cotidiana y lo convirtieron en vehículo de fidelización, inteligencia comercial y expansión regional.
El partido se juega a fondo: los bancos tradicionales, los nuevos actores del mundo financiero, los Estados. El péndulo entre control estatal y libertad individual oscila en el ámbito monetario como nunca antes. Los próximos años podrían redefinir el contrato social del dinero: desde las promesas de un sistema financiero más inclusivo y libre gracias a la descentralización, hasta el espectro de un Estado de vigilancia financiera. Lo que está claro es que la conversación pública sobre quién controla el dinero —y con qué fines— se va a intensificar.
Y aunque parezca una maraña compleja de leyes, tecnología, historia, control y libertad, todo depende de una idea simple: confianza. La historia del dinero es la historia de la humanidad, de las guerras, del comercio. Es una tecnología social en reinvención que permite la cooperación a escala.
Un fajo de billetes de cien
Hace un par de años estuve en un proyecto para cambiar el uso de efectivo en la cadena de distribución. Arrancábamos la presentación con un video nuestro contando un fajo de 10.000 pesos en billetes de 100, porque nos habían contado la historia de un comerciante que le pagó a un camión 700.000 pesos en efectivo, en billetes de 100. Una eternidad de ineficiencia. Edad de piedra.
Por eso hay que entender que el dinero que conocíamos murió. Suena, pero distinto. Hoy es contextual, programable, embebido en experiencias. A nivel empresas, ya no hablamos solo de cobrar: hablamos de diseñar flujos de valor. Y ese valor puede ser una venta, un dato, una experiencia, una conexión o una lealtad. Porque ahora fidelizar también pasa por cómo se paga: estamos viendo surgir esquemas de cashback dinámicos, recompensas contextuales y beneficios que se activan en tiempo real según el comportamiento, el lugar o la historia del usuario. Mercado Libre entendió que el pago es un canal de fidelización y un ecosistema: es su mayor motor de retención, monetización y escala.
Las empresas que entiendan rápido que el dinero es un conector relacional tienen una ventaja competitiva: el dinero del futuro es humano, experiencial, distribuido. Las personas —o usuarios, o consumidores, como quieran llamarlas— ya lo entendimos.
Para mí, el desafío ahora es cómo subirse a la ola. Porque el tsunami, aunque el río parezca manso, está pasando, y va a dar la vuelta al mundo varias veces, terraformándolo todo a su paso.
Publicado originalmente en LinkedIn, agosto de 2025 · Conversemos en LinkedIn →
