Oración de una noche

Ilustración en tinta y aguada: una ventana de noche con luna creciente, una vela encendida y una silla

Esta oración es producto de una noche de insomnio.

Callaron todos los aparatos y quedé solo en mis pensamientos.
Rodó el cuello por la almohada sin éxito, desistí.
Caminé en la oscuridad, guiándome con las paredes
los libros cerrados, las alarmas distantes, la ropa colgada, la luna.

Hoy hablamos de los ciclos, de las pausas, de los arrebatos del destino
hoy pensamos en Dios, cuando después de tanto desparpajo nadico
sentimos que las piernas no tienen rumbo a pesar de que siguen
y siguen, dolientes, incólumes, impasibles, esperando el sol
después de tantas tormentas.

¡Dónde estás, Dios! ¿Dónde estás? ¿Dónde te encuentro? ¿Dónde te busco?

Sé de tus miles de pieles y aunque tantas veces te dejé tirado
acomodado por las circunstancias benignas, olvidando que la marea gira
jamás sentí, como hoy, el silencio neutro, indoloro, inasible
e incluso en esta cámara séptica tengo raptos de tu presencia en alguna brisa
en las flores que brotan y las charlas samaritanas con el viento. Breves.

Recordé los monjes, recordé Varanasi y el camino milenario hacia el Tíbet.
Recordé el ticket mágico en la puerta del Metropolitan cuando no tenía nada
Recordé el incienso, recordé al lobo estepario, los árboles que planté como símbolos
soñé con ese libro eterno que te deslumbra de la primera página a la última
recordé a mi abuelo despertándome en la noche para ahuyentar las malas intenciones
recordé a mi abuela despertándome antes de que sea tarde
las veces que oré maquinalmente, las pocas que oré y lloré

Y estoy aquí, como Whitman. Solo ante el universo preguntándome ¿dónde te encuentro?
A pesar de todos esos recuerdos, ¿dónde estás?

En la tierra bendecida, en la tierra maldecida, en la trampa del yin yang travestido
resisto.
He escuchado a los sabios y también a los juglares de las pantallas y sus laberintos.
Prendí velas, saqué cartas, consulté oráculos, sané, pero seguí caminando en círculos
en un bote astringente hacia la niebla, internado en la ceguera
alguien comentó: si estás caminando por el infierno, sigue caminando.

Los números y el tarot han dicho sol, han dicho rayos, mercurio, venus.
He pensado en Bodhgaya, he pensado en el santuario de Schoenstatt
en aquella vez que medité en soledad pero sentí tu presencia.

Y el cansancio me invade de a poco, como un néctar
he rasgado las paredes negras para escribirte unas líneas
para decirte: “acá estoy”, “no me olvides”.

Mi oración es un grito silencioso en medio de una noche obtusa
es un rosario de pensamientos inconexos y sentimientos recurrentes
Mi oración es mi jardín, las caminatas asincrónicas, los rezos con mis hijos antes de dormir.

Levanto mi alma hacia las estrellas y te agradezco la ternura de no dejarme rodar al precipicio
la carencia, el vacío de sentido, la introspección fútil e inútil. El abismo negro.
Levanto mis ojos y te pido, no me abandones, no tengo fuerzas.

Me lanzo de espaldas con los ojos cerrados a tu red.

Confío en el aroma de la primavera
Confío en el fin de los huracanes
Confío en las plantas, los animales y el río.
Confío en vos, que habitás cada átomo de mi existencia.

Confío en la oración de una noche desesperada.

Amén.
Shanti. Shanti. Shanti.


Leer y comentar en Wattpad →

← Volver a todas las poesías


Descubre más desde Eduardo García Sáenz

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

← Volver a todo en

Ir a Cuadernos