Desolada. El sol tenue del invierno la acaricia.
El mar toma un respiro y las rocas tímidas dejan su piel al descubierto.
Solos. Investigan si hay algún hueso de dinosaurio o un diente de tiburón.
Los perros rebosan de vida en esta inmensidad olvidada.
Caminamos, el tintineo de los caracoles bajo los pies abrigados marca su ritmo.
Veo mi sombra y cuando ellos corren y exploran la soledad,
veo mi yo inmortal volviendo en cada rapto de libertad, de ancestralidad sanguínea.
Encienden ese fuego que les durará en el trajinar de la prosa.
El alto e indescifrable extranjero sonríe.
Ve los trazos de un universo que desconozco pero reconozco sabio.
Les cuento que hay más planetas que granos de arena en la tierra. Asombro.
Se prolongan charlas aparentemente inconexas, imaginativas, irritantes y muchas veces interestelares.
Veo el hoy. Sueñan el mañana.
Permanecerá pétreo el viento y las palabras.
Golpeando las rocas, las mentes, moldearán el porvenir de este rincón ausentado por el rayo civilizante.
Disfruto.
Me nostalgio en un azul friolero.
Las playas de Centinela

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